miércoles, 22 de agosto de 2018

Las 11 partes del ojo y sus funciones

          

Psicólogo en Barcelona | Redactor especializado en Psicología Clínica
Graduado en Psicología por la Universitat de Barcelona, mención en Psicología Clínica.

La visión destaca entre los sistemas sensoperceptivos humanos por su elevada complejidad. La estructura del ojo, el órgano principal de la vista, es una buena muestra de ello, hasta el punto de que ha llegado a ser utilizada como argumento supuestamente irrefutable por quienes defienden que la vida fue creada y diseñada por un dios.

El análisis de las partes del ojo puede extenderse en gran medida ya que los órganos de la visión están compuestos por muchas estructuras. En este artículo nos centraremos en las principales y en la descripción general del proceso de transducción que hace que la energía lumínica llegue a ser percibida como imágenes.

¿Qué es el ojo?

Los ojos son la base del sistema visual. Estos órganos transforman energía lumínica en impulsos eléctricos que, al transmitirse a la corteza visual del lóbulo occipital, permiten la percepción tridimensional de la forma, el movimiento, el color y la profundidad.
Los globos oculares tienen forma esférica y un diámetro aproximado de 2,5 cm. Se dividen en dos secciones: la cámara anterior y la posterior, llenas respectivamente de humor acuoso y vítreo, líquidos que regulan la presión intraocular. La cámara anterior es más pequeña y se sitúa entre la córnea y el iris, mientras que la posterior se compone del resto de partes del ojo.
A diferencia de lo que sucede con otros órganos sensoriales, el ojo se deriva parcialmente del sistema nervioso central. En concreto la retina, que recibe la información lumínica, se desarrolla a partir del diencéfalo, la estructura embrionaria que también da lugar a los hemisferios cerebrales, el tálamo y el hipotálamo.
En la retina encontramos dos tipos de fotorreceptores, los bastones y los conos. Mientras que los conos permiten la visión diurna y la percepción del color y los detalles, los bastones están adaptados para la visión nocturna y producen imágenes de baja resolución en blanco y negro.

Partes del ojo y sus funciones

Los ojos funcionan de forma similar a las cámaras de fotos. El cristalino se ajusta en función de la distancia del estímulo, sirviendo como una suerte de lente que permite la refracción de la luz; la pupila es el diafragma a través del cual la imagen entra en el ojo y se proyecta en la retina, desde donde será enviada al cerebro a través del nervio óptico.

1. Córnea

La córnea constituye la parte anterior del ojo y está en contacto con el exterior. Es una estructura transparente que cubre el iris y el cristalino y permite la refracción lumínica. Las lágrimas y el humor acuoso permiten el correcto funcionamiento de la córnea, puesto que realizan funciones equivalentes a las de la sangre.

2. Iris

Esta estructura separa las cámaras anterior y posterior del ojo. El músculo dilatador del iris aumenta el tamaño de la pupila (midriasis) y el músculo esfínter lo reduce (miosis). El tejido del iris está pigmentado a causa de la presencia de melanina; esto da lugar al color del ojo, por el que podemos fácilmente identificar esta estructura.

3. Pupila

Existe un orificio circular en el centro del iris que permite regular la cantidad de luz que entra en el ojo al cambiar de tamaño a consecuencia de la midriasis y de la miosis; esta abertura es la pupila, la parte oscura que se sitúa en el centro del iris.

4. Cristalino

El cristalino es la “lente” que se sitúa detrás del iris y permite el enfoque visual. La acomodación es el proceso mediante el cual la curvatura y el espesor del cristalino se modifican para enfocar objetos en función de su distancia. Cuando los rayos de luz atraviesan el cristalino se forma la imagen en la retina.

5. Humor acuoso

El humor acuoso se encuentra en la cámara anterior del globo ocular, entre la córnea y el cristalino. Nutre a estas dos estructuras y permite que la presión ocular se mantenga constante. Este líquido está compuesto por agua, glucosa, vitamina C, proteínas y ácido láctico.

6. Esclerótica

La esclerótica recubre el globo ocular, otorgándole su color blanco característico y protegiendo las estructuras internas. La parte anterior de la esclerótica está unida a la córnea, mientras que la posterior tiene una apertura que permite la conexión entre el nervio óptico y la retina.

7. Conjuntiva

Esta membrana reviste la esclerótica. Contribuye en la lubricación y la desinfección del globo ocular ya que produce lágrimas y mucosidad, si bien las glándulas lagrimales son más relevantes en este sentido.

8. Coroides

Denominamos “coroides” a la capa de vasos sanguíneos y tejido conectivo que separa la retina y la esclerótica. La coroides provee a la retina de los nutrientes y el oxígeno que necesita para funcionar correctamente, además de mantener una temperatura constante en el ojo.

9. Humor vítreo

La cámara posterior del ojo, que se sitúa entre el cristalino y la retina, está llena de humor vítreo, un líquido gelatinoso de densidad superior a la del humor acuoso de la cámara anterior. Constituye la mayor parte del globo ocular y tiene como funciones dotarlo de rigidez, amortiguar impactos, mantener la presión intraocular y fijar la retina.

10. Retina

La retina es el verdadero órgano receptor del sistema visual ya que en esta estructura se localizan los bastones y los conos, las células fotorreceptoras. Esta membrana reviste la parte posterior del ojo y tiene una función similar a la de una pantalla: el cristalino proyecta las imágenes percibidas en la retina, desde donde será transmitida al cerebro a través del nervio óptico.
Concretamente, los rayos de luz son recibidos por el área de la retina conocida como fóvea, que al ser muy rica en conos tiene una gran agudeza visual y por tanto es la principal encargada de la visión de detalle.

11. Nervio óptico

El nervio óptico es el segundo de los doce pares craneales. Se trata de un conjunto de fibras que transmiten los impulsos lumínicos de la retina al quiasma óptico cerebral. Desde este punto la información visual es enviada a otras áreas del cerebro en forma de señales eléctricas.
Autor: Alex Figueroba.

domingo, 19 de agosto de 2018

Entrevista al doctor Christian Boukaram; "Nuestros cuerpos interactúan con el universo".


Interesante entrevista realizada a Christian Boukaram, oncólogo y especialista en física nuclear publicada en el diario La vanguardia. En la que entre otras cosas, el doctor afirma que "somos básicamente vacío y que el universo está reflejado en cada una de nuestras células... Nuestros cuerpos interactúan con el Universo".


Ciencias como la epigenética y la física cuántica sacuden los fundamentos de la vida que creíamos conocer.

Empecemos por analizar lo que somos.
Los átomos forman la totalidad del mundo físico que conocemos, incluyendo cada célula de nuestro cuerpo. El núcleo del átomo lo forman protones y neutrones y a su alrededor giran los electrones.

¿Como un sistema planetario?
Sí, y como en el sistema solar una enorme distancia separa los electrones del núcleo; eso significa que el mundo material se compone principalmente de vacío.


Entonces nosotros también estamos constituidos principalmente de vacío.
Rotundamente sí. Y recientemente se ha descubierto que en el interior del átomo existen otras partículas subatómicas formadas por pequeñas cuerdas de energía que vibran (teoría de las cuerdas), es decir que no estamos formados por partículas físicas: La materia parece ser una ilusión.

Eso nunca lo he entendido.
Ya lo dijo Einstein: el mundo físico no es sino una manifestación del mundo inmaterial. Emociones y pensamientos generan ondas que pueden materializarse en el mundo físico. Piense en los nuevos videojuegos que se controlan con la mente: el casco de electrodos sirve como una interfaz para convertir la información mental en órdenes.

¿Qué nos dice la epigenética?
Que el ADN de las células se adapta al entorno (bioquímico, social, ambiental, emocional, electromagnético...), de manera que podemos modificar nuestro ADN, porque el entorno inmediato de nuestras células somos nosotros mismos.

¿Somos un micromundo?
Vemos nuestra piel como algo sólido que nos separa de lo demás, pero en realidad nuestras células, átomos, piel y cuerpo interactúan con el universo.

Muy poético. ¿Puede explicármelo?
Todo, materia incluida, se compone de haces de energía que vibran. Las vibraciones son información codificada organizada en sistemas. Las moléculas forman la célula, las células, órganos; los órganos, sistemas (locomotor, digestivo, respiratorio), y los sistemas, el ser humano. Los humanos forman poblaciones que componen el planeta, los planetas forman el sistema solar, los diferentes sistemas solares forman galaxias...

¿Como muñecas rusas?
Exacto: cada pieza del universo ya contiene en sí misma el mundo en el que se refleja a pequeña escala. Somos un todo y todo está interconectado. De hecho, la física cuántica ha demostrado que nuestros más pequeños componentes se comunican entre sí con el resto del universo al mismo tiempo. Es el fenómeno del entrelazamiento cuántico.

¿Pero de qué nos sirve comprenderlo?
Los sentidos nos crean la ilusión de que vivimos en un mundo material, y así nos convertimos en prisioneros de ese mundo construido por nosotros mismos y perdemos capacidades esenciales como la de regenerarnos.

Es teoría.
El doctor Meryl Rose injertó en salamandras tumores cancerosos y luego amputó los miembros enfermos. Las extremidades volvieron a crecer a los pocos días y no quedaba ni rastro de células negativas. Hay una fuerza transmitida a través de los nervios que actúa milagrosamente y cura el cáncer.


Hay muchos científicos investigando ese tema, puede que algún día...
Otro fenómeno interesante es la resonancia: cuando se tañe la cuerda de una guitarra las otras vibran con la misma frecuencia sin que nadie las toque. La resonancia es un medio de comunicación instantáneo. Transmitimos nuestros pensamientos a nuestras células por ese principio, y eso afecta a nuestro entorno y a todo nuestro cuerpo, incluido el ADN.


¿Qué otras informaciones debemos incorporar?
La glándula pineal es nuestro reloj interno, nuestro detector de luz:
después de haber estado expuestos a la luz, segrega melatonina, la hormona reguladora del sueño. Es decir que lo que regula la producción de la hormona, una molécula, es la luz, lo inmaterial.

El cáncer es una enfermedad multifactorial.
Pero las características determinantes que nos predisponen al cáncer son la desesperación y la represión de las emociones. Para prevenirlo deberíamos aprender a tomarnos las cosas mucho menos en serio. Gestionar la mente es probablemente la mejor protección contra el cáncer.

¿Cuáles son sus conclusiones?
La célula también reacciona al sufrimiento según un modo de supervivencia. El cáncer se produce cuando el equilibrio celular está en peligro. Ahora sabemos que el mundo físico es la punta del iceberg de un mundo esencialmente inmaterial. Pero el ego, que controla el funcionamiento social, nos impide comprenderlo en su amplitud. Fíjese...

Dígame.
Es interesante observar que las células cancerosas, desligadas de su entorno, se comportan de manera similar al ego.

sábado, 18 de agosto de 2018

APRENDIZAJE BASADO EN PROBLEMAS


APRENDIZAJE BASADO EN PROBLEMAS

El Prof. Alejandro Pulpeiro citó a Arquímedes, y yo desearía citar a Amos Comenius quien, en el siglo XVII en sus clases iniciales de lenguaje, les daba a los estudiantes un dibujo mostrando una situación, y les decía: 

“Mañana traigan lo que ven por escrito en alemán, checo y latín.” Pero, —decían los estudiantes— “no sabemos ninguna gramática”. La repuesta de Comenius era: “Ese es problema de ustedes, tienen que ir a buscarla y aplicarla.” Es decir, el ABP no es nada nuevo; lo que fue nuevo en 1969 era utilizar una situación o un problema como punto de partida para aprender medicina (Luis Branda, 2006) 

jueves, 16 de agosto de 2018


Cómo convertir zorros salvajes en dóciles perritos

Identifican la base genética de la domesticación en raposos criados en cautividad durante generaciones

Una niña juega con uno de los zorros domesticados del Instituto Ruso de Citología y Genética.
Una niña juega con uno de los zorros domesticados del Instituto Ruso de Citología y Genética.
Científicos rusos se han pasado los últimos 60 años criando zorros para domesticarlos. Querían emular el proceso que convirtió a hijos del lobo en los mejores amigos de los humanos. Aunque la aparición del perro debió ser cosa de siglos cuando, no milenios, el éxito de los responsables del experimento ruso fue tal que llegaron a vender juguetonas crías de raposo como mascotas hace unos años. Ahora, tras 50 generaciones de selección intencionada, han identificado las regiones del genoma que convierten a un zorro en un dócil perrito. Aún queda localizar qué genes específicos intervienen, pero es un gran paso para conocer un proceso que ha sido básico para el avance de los humanos.
En 1952, con Josef Stalin rigiendo la Unión Soviética y el pseudocientífico Trofim Lysenko, un antiselección natural y anti-Darwin, gobernando la ciencia soviética, empezaba uno de los mayores experimentos de selección artificial y genética aplicada realizados jamás. Primero en Estonia, entonces una república soviética, casi en la clandestinidad y después en el Instituto de Citología y Genética que la Academia de Ciencias rusa tenía en Novosibirsk, Siberia, los genetistas Ludmila Trut y Dmitry Belyayev empezaron a seleccionar los zorros que de forma natural parecían más dóciles. Solo esta élite podía reproducirse. A la décima generación el 18% de los raposos se relacionaban con los humanos como si fueran perros. A la quincuagésima, más del 85% de los nuevos zorros fueron mansos.
Casi en paralelo, Trut y Belyayev iniciaron otro ensayo, pero aquí solo cruzaban a los ejemplares más agresivos entre sí. Ambas generaciones han llegado hasta hoy y están ayudando a la ciencia a desentrañar algunos de los misterios de la conducta animal. La última aportación la ha hecho un grupo de científicos que ha secuenciado el genoma de una treintena de zorros del experimento ruso. Diez eran de la población dócil, otros tantos de la agresiva y otra decena también criados en cautividad pero sin favorecer ningún rasgo. Comprobaron que el genoma de los agresivos y los no seleccionados era más parecido entre sí que al de los domesticados. Más aún, tras comparar sus secuencias con las del genoma del zorro común salvaje, lograron encontrar qué partes del genoma son diferentes en cada linaje.
El estudio ha identificado modificaciones genéticas presente en los zorros mansos pero falta localizar los genes específicos que intervienen en la domesticación
"Encontramos 103 regiones genómicas que diferencian a las poblaciones mansas de las agresivas y las convencionales criadas en cautividad", cuenta en un correo la científica de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign (EE UU) y principal autora del este estudio genético, Anna Kukekova. Esta bióloga fue pupila de Ludmila Trut y se formó como investigadora con los zorros del Instituto de Citología y Genética. "Ahora, por primera vez, no solo podemos señalar las partes de un cromosoma que hacen dóciles o agresivos a un zorro, sino que podríamos identificar los genes responsables de esto", explica Kukekova.

Hasta ahora no se ha podido identificar el conjunto de genes que, mediante la selección humana, caracterizan a la domesticación animal. El único genoma disponible para comparar es el del otro cánido domesticado, el del perro. Pero su patrón cromosómico (cariotipo) es muy diferente al del zorro. Mientras este tiene 34 cromosomas, el de los perros tiene 78, lo que dificulta encontrar las claves de la domesticación.
El experimento va por quincuagésima generación y ha llegado a tener más de 600 zorros domesticados.
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El experimento va por quincuagésima generación y ha llegado a tener más de 600 zorros domesticados.
Tal y como publican en Nature Ecology & Evolution, Kukekova y sus colegas han encontrado una de esas claves que, en principio, y a falta de más estudios, interviene en el proceso.de amansar a los zorros. Profundizaron en una de estas regiones para probar si podían aislar uno de los genes que afectan a la conducta. "Vimos que el gen SorCS1, localizado en esta región, tiene un efecto sobre el comportamiento del zorro; más específicamente, los ejemplares que habían heredado dos copias de este gen desde el linaje de los domesticados querían continuar la interacción con el supervisor [humano] mientras que los zorros que recibieron las dos copias del SorCS1 del linaje agresivo la evitaban", explica Kukekova.

El gen SorCS1 interviene en la plasticidad, funcionamiento y formación de las sinapsis en el cerebro. Aunque no había sido relacionado hasta ahora con la conducta prosocial, sí aparece asociado con un comportamiento específico de los zorros domesticados. En el caso del experimento ruso, los humanos que interactúan con los zorros lo hacen siguiendo unas normas muy determinadas en contactos muy cortos y limitados. Solo los zorros que no muestran agresividad o miedo y si deseo de la presencia humana son mantenidos en la élite de los dóciles. Y son estos los que tienen una versión del gen diferente de la de los zorros salvajes.
Pero un solo gen no puede responder de un fenómeno tan complejo como el de la domesticación. Dejando a un lado a las plantas, la inmensa mayoría de la vida no ha sido domesticada hasta ahora por los humanos. Solo una decena de mamíferos, unas cuantas especies de aves o alguna de insectos, como el gusano de seda, han prosperado junto a los humanos
"Con la domesticación el hombre empezó a controlar los recursos alimentarios, su localización, abundancia, tipo... ya no hacía falta ir a buscar el alimento sino que este estaba donde nuestros antepasados querían", comenta el experto en genética evolutiva, Carles Vilà. Para este investigador de la Estación Biológica de Doñana, no relacionado con el actual estudio, la importancia que se le dé al proceso de domesticación es poca: "Ha sido un elemento central para permitir el cambio en el modo de vida humano, pasando de ser cazadores-recolectores a ser agricultores-ganaderos".
Sin embargo, Vilà, que hace años participó en otra investigación que desveló una serie de cambios en el cerebro de los zorros domesticados, reconoce que la ciencia apenas sabe mucho de la domesticación. "El genoma de un perro y de un lobo son prácticamente idénticos. ¿Qué es lo que hace que a la hora de la verdad sean tan diferentes?", comenta. Por eso, el experimento de los zorros rusos, que sobrevivió a Stalin, a Lysenko, a la caída de la URSS o a la emigración de muchos de sus científicos, aún puede servir para encontrar la respuesta.


viernes, 10 de agosto de 2018


Investigadores españoles muestran cómo 'La Macarena' te puede salvar la vida

La reanimación cardiopulmonar (RCP) puede mejorarse si se hace al ritmo de la popular canción de Los Del Río, algo que ya se solía indicar en cursillos de socorrismo, pero cuya eficacia real se ha medido por primera vez en un estudio científico.



Imagen del estudio del uso de 'La Macarena' para mejorar la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP). |  Carrero E, et al.

Imagen del estudio del uso de 'La Macarena' para mejorar la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP). | Carrero E, et al.
Una nueva investigación muestra que realizar las compresiones torácicas con la cadencia de la popular canción de Los Del Río "la Macarena" mejora la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP), puede aumentar significativamente las posibilidades de supervivencia y conducir a mejores resultados de salud. No hace falta cantarla en voz alta, claro, pero el recuerdo mental de esa canción ayuda a realizar este masaje con un ritmo adecuado.

El objetivo del estudio, liderado por la investigadora Eva González y dirigido por el profesor de la Universidad de Barcelona Enrique Carrero Cardenal, era comparar la efectividad de una aplicación de metrónomo para el móvil y un metrónomo "mental" (la canción "La Macarena") para mejorar la calidad de las compresiones torácicas. Tanto la aplicación como la canción proporcionan un ritmo regular para ayudar a aplicar correctamente las compresiones, con una regularidad correcta.
"Soy médico anestesiólogo del Hospital Clínic de Barcelona y además soy profesor en la facultad de Medicina en la Universidad de Barcelona, me interesa mucho la investigación en docencia, aparte de la clínica", comenta a Público por teléfono Carrero, que añade: "Para los trabajos de fin de grado, oferté como tema de investigación cómo mejorar la calidad de las compresiones en la RCP, y en ese contexto tutoricé a una alumna para desarrollar este estudio".
Este científico recuerda que hay en la literatura científica estudios anteriores publicados que muestran la utilización de otras canciones, como 'Stayin' Alive' de los Bee Gees, "que es la más clásica". "Pero de 'La Macarena' no había, que es muy nuestra y que es muy conocida”, agrega Carrero con humor.

Metodología

El estudio, que se presenta en congreso Euroanaesthesia de Copenhague, utilizó un total de 164 estudiantes de medicina de la Universidad de Barcelona —una muestra representativa importante para este experimento— que realizaron compresiones continuas de tórax en un maniquí durante dos minutos.
Fueron divididos en tres grupos sin contacto entre ellos: uno de control, que no recibieron orientación y que no podían utilizar ninguna guía para mantener el ritmo del masaje; a otro se les proporcionó como guía una aplicación de metrónomo en sus teléfonos inteligentes; por último, a un tercer grupo se les pidió que realizaran compresiones de reanimación sobre los maniquíes mientras imaginaban el ritmo de 'La Macarena'. Se tenían que saber la canción o, al menos, tenían que poder tararear el estribillo.
La media recomendada de compresiones en la reanimación cardiopulmonar se encuentra entre las 100 y 120 por minuto. Este estudio muestra cómo los estudiantes que usaron la aplicación de metrónomo -que daba 103 señales por minuto- realizaron la reanimación dentro del rango objetivo en un 91% de las ocasiones, mientras que los que tararearon mentalmente "la Macarena" —con un ritmo similar— lo hicieron correctamente en un 74% de las veces, mucho mejor que los del grupo de control (sólo un 24%).
Eso sí, indica Carrero, en ningún momento del experimento se consiguió la profundidad de compresión ideal recomendada por las guías, que son cinco centímetros. "La mediana de todos ellos se quedaba en alrededor de cuatro centímetros, faltaba profundidad, aunque también se puede achacar a la dificultad de mantener la concentración en dos cosas a la vez, el bombeo y el metrónomo o la melodía", comenta el profesor.
A la hora de poner en práctica la reanimación es fundamental el tiempo de reacción para aumentar las posibilidades de supervivencia del paciente y su calidad de vida posterior. Existen dispositivos que ayudan a realizar esta maniobra correctamente, algunos incluso mediante información audiovisual, pero hay que disponer de ellos y saber usarlos, por lo que se puede perder un tiempo precioso para reanimar a un paciente.
"La ventaja de usar una aplicación de metrónomo es que todo el mundo tiene un móvil, es accesible, aunque faltan estudios de eficacia", remarca este científico, que también apunta: "Recordar una canción en gratis, sencillo y es inmediato, es lo más fácil que hay, por eso decidimos hacer este estudio". P. Romero @pabloromero 02/06/2018 11:03

miércoles, 8 de agosto de 2018

Investigadores españoles muestran cómo 'La Macarena' te puede salvar la vida

La reanimación cardiopulmonar (RCP) puede mejorarse si se hace al ritmo de la popular canción de Los Del Río, algo que ya se solía indicar en cursillos de socorrismo, pero cuya eficacia real se ha medido por primera vez en un estudio científico.



Imagen del estudio del uso de 'La Macarena' para mejorar la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP). |  Carrero E, et al.

Imagen del estudio del uso de 'La Macarena' para mejorar la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP). | Carrero E, et al.
Una nueva investigación muestra que realizar las compresiones torácicas con la cadencia de la popular canción de Los Del Río "la Macarena" mejora la calidad de las compresiones realizadas durante la reanimación cardiopulmonar (RCP), puede aumentar significativamente las posibilidades de supervivencia y conducir a mejores resultados de salud. No hace falta cantarla en voz alta, claro, pero el recuerdo mental de esa canción ayuda a realizar este masaje con un ritmo adecuado.

El objetivo del estudio, liderado por la investigadora Eva González y dirigido por el profesor de la Universidad de Barcelona Enrique Carrero Cardenal, era comparar la efectividad de una aplicación de metrónomo para el móvil y un metrónomo "mental" (la canción "La Macarena") para mejorar la calidad de las compresiones torácicas. Tanto la aplicación como la canción proporcionan un ritmo regular para ayudar a aplicar correctamente las compresiones, con una regularidad correcta.
"Soy médico anestesiólogo del Hospital Clínic de Barcelona y además soy profesor en la facultad de Medicina en la Universidad de Barcelona, me interesa mucho la investigación en docencia, aparte de la clínica", comenta a Público por teléfono Carrero, que añade: "Para los trabajos de fin de grado, oferté como tema de investigación cómo mejorar la calidad de las compresiones en la RCP, y en ese contexto tutoricé a una alumna para desarrollar este estudio".
Este científico recuerda que hay en la literatura científica estudios anteriores publicados que muestran la utilización de otras canciones, como 'Stayin' Alive' de los Bee Gees, "que es la más clásica". "Pero de 'La Macarena' no había, que es muy nuestra y que es muy conocida”, agrega Carrero con humor.

Metodología

El estudio, que se presenta en congreso Euroanaesthesia de Copenhague, utilizó un total de 164 estudiantes de medicina de la Universidad de Barcelona —una muestra representativa importante para este experimento— que realizaron compresiones continuas de tórax en un maniquí durante dos minutos.
Fueron divididos en tres grupos sin contacto entre ellos: uno de control, que no recibieron orientación y que no podían utilizar ninguna guía para mantener el ritmo del masaje; a otro se les proporcionó como guía una aplicación de metrónomo en sus teléfonos inteligentes; por último, a un tercer grupo se les pidió que realizaran compresiones de reanimación sobre los maniquíes mientras imaginaban el ritmo de 'La Macarena'. Se tenían que saber la canción o, al menos, tenían que poder tararear el estribillo.
La media recomendada de compresiones en la reanimación cardiopulmonar se encuentra entre las 100 y 120 por minuto. Este estudio muestra cómo los estudiantes que usaron la aplicación de metrónomo -que daba 103 señales por minuto- realizaron la reanimación dentro del rango objetivo en un 91% de las ocasiones, mientras que los que tararearon mentalmente "la Macarena" —con un ritmo similar— lo hicieron correctamente en un 74% de las veces, mucho mejor que los del grupo de control (sólo un 24%).
Eso sí, indica Carrero, en ningún momento del experimento se consiguió la profundidad de compresión ideal recomendada por las guías, que son cinco centímetros. "La mediana de todos ellos se quedaba en alrededor de cuatro centímetros, faltaba profundidad, aunque también se puede achacar a la dificultad de mantener la concentración en dos cosas a la vez, el bombeo y el metrónomo o la melodía", comenta el profesor.
A la hora de poner en práctica la reanimación es fundamental el tiempo de reacción para aumentar las posibilidades de supervivencia del paciente y su calidad de vida posterior. Existen dispositivos que ayudan a realizar esta maniobra correctamente, algunos incluso mediante información audiovisual, pero hay que disponer de ellos y saber usarlos, por lo que se puede perder un tiempo precioso para reanimar a un paciente.

"La ventaja de usar una aplicación de metrónomo es que todo el mundo tiene un móvil, es accesible, aunque faltan estudios de eficacia", remarca este científico, que también apunta: "Recordar una canción en gratis, sencillo y es inmediato, es lo más fácil que hay, por eso decidimos hacer este estudio". 

Educación Popular | Un texto de Paulo Freire

Compartimos con ustedes un texto de Paulo Freire sobre la lectura de la palabra y la lectura del mundo. Siguiendo este enlace podrán encontrar un video documental sobre educación popular: http://comision3.blogspot.com/2010/11/educacion-popular-y-medios-comunitarios.html


LA IMPORTANCIA DEL ACTO DE LEER


Fragmento de Freire, Paulo, La importancia de leer y el acto de Liberación
Rara ha sido la vez, a lo largo de tantos años de práctica pedagógica, y por lo tanto política, en que me he permitido la tarea de abrir, de inaugurar o de clausurar encuentros o congresos. Acepté hacerlo ahora, pero de la manera menos formal posible. Acepté venir aquí para hablar un poco de la importancia del acto de leer.

Me parece indispensable, al tratar de hablar de esa importancia, decir algo del momento mismo en que me preparaba para estar aquí hoy; decir algo del proceso en que me inserté mientras iba escribiendo este texto que ahora leo, proceso que implicaba una comprensión crítica del acto de leer, que no se agota en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de ésta no pueda prescindir de la continuidad de la lectura de aquél. Lenguaje y realidad se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser alcanzada por su lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto. Al intentar escribir sobre la importancia del acto de leer, me sentí llevado –y hasta con gusto– a “releer” momentos de mi práctica, guardados en la memoria, desde las experiencias más remotas de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la importancia del acto de leer se vino constituyendo en mí.

Al ir escribiendo este texto, iba yo “tomando distancia” de los diferentes momentos en que el acto de leer se fue dando en mi experiencia existencial. Primero, la “lectura” del mundo, del pequeño mundo en que me movía; después la lectura de la palabra que no siempre, a lo largo de mi escolarización, fue la lectura de la “palabra-mundo”. La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo particular en que me movía –y hasta donde no me está traicionando la memoria– me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me voy entregando, re-creo y re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia en el momento en que aún no leía la palabra. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos como si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros; a su sombra jugaba y en sus ramas más dóciles a mi altura me experimentaba en riesgos menores que me preparaban para riesgos y aventuras mayores. La vieja casa, sus cuartos, su corredor, su sótano, su terraza –el lugar de las flores de mi madre–, la amplia quinta donde se hallaba, todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbuceé, me erguí, caminé, hablé. En verdad, aquel mundo especial se me daba como el mundo de mi actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto –en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo hacía, más aumentaba la capacidad de percibir– encarnaban una serie de cosas, de objetos, de señales, cuya comprensión yo iba aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones mis hermanos mayores y con mis padres.

Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban en el canto de los pájaros: el del sanbaçu, el del olka-pro-caminho-quemvem, del bem-te-vi, el del sabiá; en la danza de las copas de los árboles sopladas por fuertes vientos que anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; las aguas de la lluvia jugando a la geografía, inventando lagos, islas, ríos, arroyos. Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbo del viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color del follaje, en la forma de las hojas, en el aroma de las hojas –de las rosas, de los jazmines–, en la densidad de los árboles, en la cáscara de las frutas. En la tonalidad diferente de colores de una misma fruta en distintos momentos: el verde del mago-espada hinchado, el amarillo verduzco del mismo mango madurando, las pintas negras del mago ya más que maduro. La relación entre esos colores, el desarrollo del fruto, su resistencia a nuestra manipulación y su sabor. Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo hacer, aprendí la significación del acto de palpar.

De aquel contexto formaban parte además los animales: los gatos de la familia, su manera mañosa de enroscarse en nuestras piernas, su maullido de súplica o de rabia; Joli, el viejo perro negro de mi padre, su mal humor cada vez que uno de los gatos incautamente se aproximaba demasiado al lugar donde estaba comiendo y que era suyo; “estado de espíritu”, el de Joli en tales momentos, completamente diferente del de cuando casi deportivamente perseguía, acorralaba y mataba a uno de los zorros responsables de la desaparición de las gordas gallinas de mi abuela.

De aquel contexto –el del mi mundo inmediato– formaba parte, por otro lado, el universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores. Todo eso ligado a contextos más amplios que el del mi mundo inmediato y cuya existencia yo no podía ni siquiera sospechar.

En el esfuerzo por retomar la infancia distante, a que ya he hecho referencia, buscando la comprensión de mi acto de leer el mundo particular en que me movía, permítanme repetirlo, re-creo, re-vivo, la experiencia vivida en el momento en que todavía no leía la palabra. Y algo que me parece importante, en el contexto general de que vengo hablando, emerge ahora insinuando su presencia en el cuerpo general de estas reflexiones. Me refiero a mi miedo de las almas en pena cuya presencia entre nosotros era permanente objeto de las conversaciones de los mayores, en el tiempo de mi infancia. Las almas en pena necesitaban de la oscuridad o la semioscuridad para aparecer, con las formas más diversas: gimiendo el dolor de sus culpas, lanzando carcajadas burlonas, pidiendo oraciones o indicando el escondite de ollas. Con todo, posiblemente hasta mis siete años en el barrio de Recife en que nací iluminado por faroles que se perfilaban con cierta dignidad por las calles. Faroles elegantes que, al caer la noche, se “daban” a la vara mágica de quienes los encendían. Yo acostumbraba acompañar, desde el portón de mi casa, de lejos, la figura flaca del “farolero” de mi calle, que venía viniendo, andar cadencioso, vara iluminadora al hombro, de farol en farol, dando luz a la calle. Una luz precaria, más precaria que la que teníamos dentro de la casa. Una luz mucho más tomada por las sombras que iluminadora de ellas.

No había mejor clima para travesuras de las alma que aquél. Me acuerdo de las noches en que, envuelto en mi propio miedo, esperaba que el tiempo pasara, que la noche se fuera, que la madrugada semiclareada fuera llegando, trayendo con ella el canto de los pajarillos “amanecedores”.

Mis temores nocturnos terminaron por aguzarme, en la smañanas abiertas, la percepción de un sinnúmero de ruidos que se perdía en la claridad y en la algaraza de los días y resultaban misteriosamente subrayados en el silencio profundo de las noches.

Pero en la medida en que fui penetrando en la intimidad de mi mundo, en que lo percibía mejor y lo “entendía” en la lectura que de él iba haciendo, mis temores iban disminuyendo. Pero, es importante decirlo, la “lectura” de mi mundo, que siempre fundamental para mí, no hizo de mí sino un niño anticipado en hombre, un racionalista de pantalón corto. La curiosidad del niño no se iba a distorsionar por el simple hecho de ser ejercida, en lo cual fui más ayudado que estorbado por mis padres. Y fue con ellos, precisamente, en cierto momento de esa rica experiencia de comprensión de mi mundo inmediato, sin que esa comprensión significara animadversión por lo que tenía encantadoramente misterioso, que comencé a ser introducido en la lectura de la palabra. El desciframiento de la palabra fluía naturalmente de la “lectura” del mundo particular. No era algo que se estuviera dando supuesto a él. Fui alfabetizado en el suelo de la quinta de mi casa, a la sombra de los mangos, con palabras de mi mundo y no del mundo mayor de mis padres. El suelo mi pizarrón y las ramitas fueron mis gis.

Es por eso por lo que, al llegar a la escuelita particular de Eunice Vasconcelos, cuya desaparición reciente me hirió y me dolió, y a quien rindo ahora un homenaje sentido, ya estaba alfabetizado. Eunice continuo y profundizó el trabajo de mis padres. Con ella, la lectura de la palabra, de la frase, de la oración, jamás significó una ruptura con la “lectura” del mundo. Con ella, la lectura de la palabra fue la lectura de la “palabra-mundo”. Hace poco tiempo, con profundo emoción, visité la casa donde nací. Pisé el mismo suelo en que me erguí, anduve, corrí, hablé y aprendí a leer. El mismo mundo, el primer mundo que se dio a mi comprensión por la “lectura” que de él fui haciendo. Allí reecontré algunos de los árboles de mi infancia. Los reconocí sin dificultad. Casi abracé los gruesos troncos –aquellos jóvenes troncos de mi infancia. Entonces, una nostalgia que suelo llamar mansa o bien educada, saliendo del suelo, de los árboles, de la casa, me envolvió cuidadosamente. Dejé la casa contento, con la alegría de quien reencuentra personas queridas. Continuando en ese esfuerzo de “releer” momentos fundamentales de experiencias de ni infancia, de mi adolescencia, de mi juventud, en que la comprensión crítica de la importancia del acto de leer se fue constituyendo en mí a través de su práctica, retomo el tiempo en que, como alumno del llamado curso secundario, me ejercité en la percepción crítica de los textos que leía en clase, con la colaboración, que hasta hoy recuerdo, de mi entonces profesor de lengua portuguesa.

No eran, sin embargo, aquellos momentos puros ejercicios de los que resultase un simple darnos cuenta de la existencia de una página escrita delante de nosotros que debía ser cadenciada, mecánica y fastidiosamente “deletrada” en lugar de realmente leída. No eran aquellos momentos “lecciones de lectura” en el sentido tradicional esa expresión. Eran momentos en que los textos se ofrecían a nuestra búsqueda inquieta, incluyendo la del entonces joven profesor José Pessoa. Algún tiempo después, como profesor también de portugués, en mis veinte años, viví intensamente la importancia del acto de leer y de escribir, en el fondo imposibles de dicotomizar, con alumnos de los primeros años del entonces llamado curso secundario. La conjugación, la sintaxis de concordancia, el problema de la contradicción, la enciclisis pronominal, yo no reducía nada de eso a tabletas de conocimientos que los estudiantes debían engullir. Todo eso, por el contrario, se proponía a la curiosidad de los alumnos de manera dinámica y viva, en el cuerpo mismo de textos, ya de autores que estudiábamos, ya de ellos mismos, como objetos a desvelar y no como algo parado cuyo perfil yo describiese. Los alumnos no tenían que memorizar mecánicamente la descripción del objeto, sino aprender su significación profunda. Sólo aprendiéndola serían capaces de saber, por eso, de memorizarla, de fijarla. La memorización mecánica de la descripción del objeto no se constituye en conocimiento del objeto. Por eso es que la lectura de un texto, tomado como pura descripción de un objeto y hecha en el sentido de memorizarla, ni es real lectura ni resulta de ella, por lo tanto, el conocimiento de que habla el texto.

Creo que mucho de nuestra insistencia, en cuanto profesores y profesoras, en que los estudiantes “lean”, en un semestre, un sinnúmero de capítulos de libros, reside en la comprensión errónea que a veces tenemos del acto de leer. En mis andanzas por el mundo, no fueron pocas las veces en que los jóvenes estudiantes me hablaron de su lucha con extensas bibliografías que eran mucho más para ser “devoradas” que para ser leídas o estudiadas. Verdaderas “lecciones de lectura” en el sentido más tradicional de esta expresión, a que se hallaban sometidos en nombre de su formación científica y de las que debían rendir cuenta a través del famoso control de lectura. En algunas ocasiones llegué incluso a ver, en relaciones bibliográficas, indicaciones sobre las páginas de este o aquel capítulo de tal o cual libro que debían leer: “De la página 15 a la 37”.

La insistencia en la cantidad de lecturas sin el adentramiento debido en los textos a ser comprendidos, y no mecánicamente memorizados, revela una visión mágica de la palabra escrita. Visión que es urgente superar. La misma, aunque encarnada desde otro ángulo, que se encuentra, por ejemplo, en quien escribe, cuando identifica la posible calidad o falta de calidad de su trabajo con la cantidad páginas escritas. Sin embargo, uno de los documentos filosóficos más importantes que disponemos, las Tesis sobre Feuerbach de Marx, ocupan apenas dos páginas y media...

Parece importante, sin embargo, para evitar una comprensión errónea de lo que estoy afirmando, subrayar que mi crítica al hacer mágica la palabra no significa, de manera alguna, una posición poco responsable de mi parte con relación a la necesidad que tenemos educadores y educandos de leer, siempre y seriamente, de leer los clásicos en tal o cual campo del saber, de adentrarnos en los textos, de crear una disciplina intelectual, sin la cual es posible nuestra práctica en cuanto profesores o estudiantes.

Todavía dentro del momento bastante rico de mi experiencia como profesor de lengua portuguesa, recuerdo, tan vivamente como si fuese de ahora y no de un ayer ya remoto, las veces en que me demoraba en el análisis de un texto de Gilberto Freyre, de Lins do Rego, de Graciliano Ramos, de Jorge Amado. Textos que yo llevaba de mi casa y que iba leyendo con los estudiantes, subrayando aspectos de su sintaxis estrechamiento ligados, con el buen gusto de su lenguaje. A aquellos análisis añadía comentarios sobre las necesarias diferencias entre el portugués de Portugal y el portugués de Brasil.

Vengo tratando de dejar claro, en este trabajo en torno a la importancia del acto de leer –y no es demasiado repetirlo ahora–, que mi esfuerzo fundamental viene siendo el de explicar cómo, en mí, se ha venido destacando esa importancia. Es como si estuviera haciendo la “arqueología” de mi comprensión del complejo acto de leer, a lo largo de mi experiencia existencial. De ahí que haya hablado de momentos de mi infancia, de mi adolescencia, de los comienzos de mi juventud, y termine ahora reviendo, en rasgos generales, algunos de los aspectos centrales de la proposición que hice hace algunos años en el campo de la alfabetización de adultos.

Inicialmente me parece interesante reafirmar que siempre vi la alfabetización de adultos como un acto político y como un acto de conocimiento, y por eso mismo un acto creador. Para mí sería imposible de comprometerme en un trabajo de memorización mecánica de ba-be-bi-bo-bu, de la-le-li-lo-lu. De ahí que tampoco pudiera reducir la alfabetización a la pura enseñanza de la palabra, de las sílabas o de las letras. Enseñanza en cuyo proceso el alfabetizador iría “llenando” con sus palabras las cabezas supuestamente “vacías” de los alfabetizandos. Por el contrario, en cuanto acto de conocimiento y acto creador, el proceso de la alfabetización tiene, en el alfabetizando, su sujeto. El hecho de que éste necesite de la ayuda del educador, como ocurre en cualquier acción pedagógica, no significa que la ayuda del educador deba anular su creatividad y su responsabilidad en la creación de su lenguaje escrito y en la lectura de su lenguaje. En realidad, tanto el alfabetizador como el alfabetizando, al tomar, por ejemplo, un objeto, como lo hago ahora con el que tengo entre los dedos, sienten el objeto, perciben el objeto sentido y son capaces de expresar verbalmente el objeto sentido y percibido. Como yo, el analfabeto es capaz de sentir la pluma, de percibir la pluma, de decir la pluma. Yo, sin embargo, soy capaz de no sólo sentir la pluma, sino además de escribir pluma y, en consecuencia, leer pluma. La alfabetización es la creación o el montaje de la expresión escrita de la expresión oral. Ese montaje no lo puede hacer el educador para los educandos, o sobre ellos. Ahí tiene él un momento de su tarea creadora.

Me parece innecesario extenderme más, aquí y ahora, sobre lo que he desarrollado, en diferentes momentos, a propósito de la complejidad de este proceso. A un punto, sin embargo, aludido varias veces en este texto, me gustaría volver, por la significación que tiene para la comprensión crítica del acto de leer y, por consiguiente, para la propuesta de alfabetización a que me he consagrado. Me refiero a que la lectura del mundo precede siempre a la lectura de la palabra y la lectura de ésta implica la continuidad de la lectura de aquél. En la propuesta a que hacía referencia hace poco, este movimiento del mundo a la palabra y de la palabra al mundo está siempre presente. Movimiento en que la palabra dicha fluye del mundo mismo a través de la lectura que de él hacemos. De alguna manera, sin embargo, podemos ir más lejos y decir que la lectura de la palabra no es sólo precedida por la lectura del mundo sino por cierta forma de “escribirlo” o de “rescribirlo”, es decir de transformarlo a través de nuestra práctica consciente.

Este movimiento dinámico es uno de los aspectos centrales, para mí, del proceso de alfabetización. De ahí que siempre haya insistido en que las palabras con que organizar el programa de alfabetización debían provenir del universo vocabular de los grupos populares, expresando su verdadero lenguaje, sus anhelos, sus inquietudes, sus reivindicaciones, sus sueños. Debían venir cargadas de la significación de su experiencia existencial y no de la experiencia del educador. La investigación de lo que llamaba el universo vocabular nos daba así las palabras del Pueblo, grávidas de mundo. Nos llegaban a través de la lectura del mundo que hacían los grupos populares. Después volvían a ellos, insertas en lo que llamaba y llamo codificaciones, que son representaciones de la realidad.

La palabra ladrillo, por ejemplo, se insertaría en una representación pictórica, la de un grupo de albañiles, por ejemplo, construyendo una casa. Pero, antes de la devolución, en forma escrita, de la palabra oral de los grupos populares, a ellos, para el proceso de su aprehensión y no de su memorización mecánica, solíamos desafiar a los alfabetizandos con un conjunto de situaciones codificadas de cuya descodificación o “lectura” resultaba la percepción crítica de lo que es la cultura, por la comprensión de la práctica o del trabajo humano, transformador del mundo, En el fondo, ese conjunto de representaciones de situaciones concretas posibilitaba a los grupos populares una “lectura” de la “lectura” anterior del mundo, antes de la lectura de la palabra.

Esta “lectura” más crítica de la “lectura” anterior menos crítica del mundo permitía a los grupos populares, a veces en posición fatalista frente a las injusticias, una comprensión diferente de su indigencia. Es en este sentido que la lectura crítica de la realidad, dándose en un proceso de alfabetización o no, y asociada sobre todo a ciertas prácticas claramente políticas de movilización y de organización, puede constituirse en un instrumento para lo que Gramsci llamaría acción contrahegemónica.

Concluyendo estas reflexiones en torno a la importancia del acto de leer, que implica siempre percepción crítica, interpretación y “reescritura” de lo leído, quisiera decir que, después de vacilar un poco, resolví adoptar el procedimiento que he utilizado en el tratamiento del tema, en consonancia con mi forma de ser y con lo que puedo hacer. (...)

12 de noviembre de 1981