Un neurocientífico que ha pasado por el famoso 'efecto
túnel' narra su experiencia y reflexiona sobre el final de la consciencia
Les invito a que piensen en agua. Visualícenla por un
momento. Apuesto a que la mayoría habrá concebido agua líquida, omitiendo casi
por defecto que también se puede encontrar en estado sólido y gaseoso. Algo
parecido pasa con la mente humana. Nuestra cultura da prioridad al estado de vigilia. La única
alternativa a la alerta cafeinada parece ser el sueño profundo, a menudo
interpretado únicamente como mecanismo para restaurar nuestra capacidad
productiva. Vivimos entre funcionalidad y descanso la mayor parte de nuestras
vidas. Pero hay más mente 'ahí dentro'. El haz de luz de la
consciencia, al incidir sobre prisma que es nuestro cerebro, puede refractarse
en una gama de colores que va más allá del enjuto binario encendido/apagado.
Son los llamados 'estados alterados de consciencia'.
La lista es más larga de lo que uno a priori podría suponer:
sueños lúcidos, hipnosis, trance, estados meditativos, psicodelia. Entre ellos
encontramos también las llamadas 'experiencias cercanas a la muerte' Probablemente hayan oído hablar de ellas (aunque de ellas se
hable poco). Yo tuve una hace exactamente un año. Tal y como pintó El Bosco
hace más de medio milenio en 'La Ascensión al Empíreo', estuve en el famoso
túnel con su luz al final. Tres figuras me esperaban amorosamente. No sentí
miedo, pero supe que si seguía adelante no habría vuelta atrás. Decidí posponer
el viaje y regresar. La cirujana y su equipo hicieron el resto, junto con los
rezos de mis seres queridos.
'La Ascensión al Empíreo', de El Bosco.
Estudios científicos muestran que una de cada cinco personas
resucitadas tras un paro cardíaco declara haber vivido una experiencia similar,
incluyendo la sensación de abandono del cuerpo, ver pasar toda la vida por
delante, o interaccionar con parientes fallecidos. Quizás sea todo una alucinación
causada simplemente por la falta de oxígeno en el cerebro. O quizás no. Si se
trata de una cuestión estrictamente fisiológica, ¿por qué el resto de pacientes
no tuvo una experiencia similar o, simplemente, experiencia alguna? Y, en
aquellos que sí, ¿cómo pudo una vivencia de tal intensidad suceder durante el
periodo de muerte clínica, con encefalograma plano?
Que los pensamientos son una función del cerebro, no hay
duda. La cuestión es, como planteó el psicólogo William James, si dicha función
es 'productiva' o 'permisiva', esto es, si el cerebro secreta la mente como el
hígado hace con la bilis o, si por el contrario, la recibe o filtra como la
radio a las ondas electromagnéticas. La metáfora del cerebro-ordenador se ha
quedado obsoleta. La nueva ciencia de la consciencia está poniendo en jaque esa
manida visión de una materia lerda, transmutándola en una materialidad vital
cuya matriz alberga la capacidad de saberse a sí misma.
Mientras tanto, ciencia y religión se confunden en la
neuro-soteriología actual: promesas de salvación tecnocrática que, sin creer en
'el cielo', proponen subir nuestro 'yo' a 'la nube'. Es el sueño (o la
pesadilla) del transhumanismo barato de alto coste que, elevándonos a
semidioses, niega nuestra humanidad. Su profecía: inmortalizar tu consciencia
como algoritmo en chips de silicio. Hoy no se fía, mañana sí.
No hay que estar técnicamente muerto para vivir una
experiencia cercana a la muerte. En la literatura médica abundan constelaciones
de fenómenos similares en casos de shock postparto, accidentes de tráfico, o
asfixias, entre otros. Dichas experiencias transforman el resto de la vida de
quienes las experimentan. Su realidad es innegable. Su impacto, indeleble.
Experiencias parecidas se describen también con frecuencia
en unidades de cuidados paliativos, cuando el curar contravenido da paso al
cuidar compasivo de aquellos enfermos llamados terminales. La recientemente
llamada 'lucidez terminal' (o 'mejoría de la muerte', en la sabiduría popular),
repentina mejoría poco antes de que el moribundo fallezca, desconcierta a los
científicos. No se trata de meras anécdotas. Son miles los relatos en
personas de diferentes culturas que consistentemente apuntan en la misma
dirección, y que muchos profesionales de la salud también corroboran.
Y eso no es todo. Tradiciones como la budista ofrecen
minuciosas descripciones de lo que sucede no sólo cerca de la muerte, sino
durante, e incluso después. Como el 'bardo', estado intermedio entre muerte y
reencarnación. O el 'tukdam', estado meditativo en el que el cadáver no respira
pero tampoco se descompone durante semanas. Sólo hay que ojear el Libro
Tibetano de los Muertos para darse cuenta de la exquisita investigación que de
la mente se puede hacer con la propia mente. Los neurocientíficos occidentales
deberíamos tomar nota. Entonces, ¿qué pasa con la mente cuando el cerebro se muere?
Nada, afirmará confiado el dogmático materialista pues, según su doctrina (más
filosófica que científica) la mente no puede ser nada más que actividad
cerebral. El verdadero escéptico, sin embargo, confesará que no sabemos la
respuesta. Dudar no es negar. Es más, su obligación es investigar aquello que
no se entiende, especialmente si desafía sus creencias más arraigadas. No
ofrezcamos explicaciones apresuradas, pero tampoco denunciemos lo
'sobrenatural' o 'paranormal', pues no hace más que expresar un prejuicio
testarudo disfrazado de razón científica. Grandes tabús pueden convertirse en
fértil campo de investigación.
Se crea o no en el 'más allá', es innegable que algo
importante acaba en el 'más acá'. ¿Sobrevive algún aspecto de nuestra
consciencia después de la muerte permanente del cuerpo físico? El ego
probablemente se extingue. Sin embargo, la posibilidad de 'vida después de la
vida' no debería distraernos de la cuestión existencial sobre el significado de
la muerte. En nuestra sociedad tanatofóbica se hace cada vez más necesaria una
suerte de sabiduría huérfana que permita mirar la muerte a los ojos, y amar lo
que no va a durar para siempre. Como dice el escritor y activista Stephen
Jenkinson, cuando a uno se le rompe el corazón, la solución no es menos
corazón. La vida sigue siendo un milagro y la muerte un misterio.
Fuente: Alex Gómez-Marín. Instituto de Neurociencias de Alicante